7/6/10

Uprising

Nadie llora en público, nadie miente en soledad, son sólo trazos de una privada verdad, por siempre atrapada entre los restos de un montón de desechos, porciones incompletas, olvidadas y arrastradas hacia el más recóndito recuerdo que nunca existió. Nunca cayó en el olvido, nunca se pudo controlar, la decepción en manos de la vergüenza que simuló empezar una y otra vez, retomar el vuelo, cuando no existía cielo. Abandonadas y debilitadas palabras convertidas en humo, se evaporan y desaparecen entre la multitud vacía, tan ausente, tan absurdamente inerte. Ni sonrisas, ni lágrimas se comparten, únicamente miradas extrañas en un escenario de variopintas historias en las que no puedo nombrarme, de donde no puedo desapegarme. Las señales transmitidas se cortaron, empiezo a sospechar que retomarlas queda lejos de estar en mi mano, seguramente en ningún momento llegó a estarlo. Y tal vez deba gritar con sinceridad, reclamar la victoria, poder dejar atrás la carga y cambiar de rumbo la decadente gráfica evolutiva de tan egocéntrica satisfacción. Pero aparentando acentuar la impresión, si no lo soy yo, quién sino. La oculta grieta, inmiscuida en lo profundo de un contenedor impulsado por un eje rotatorio absolutamente inevitable, no puede sino extenderse, amenazando con dividir definitivamente en dos los estados del cuerpo y de la mente, obligando así a elegir entre ser esclavo de la realidad o empezar a vivir, enfrentando a la verdad. Como siempre, con el último aliento desgastado, acontece el final de los días obligados al deber, y tras ellos no se acaba de esclarecer el cambio en este rutinario cometido. Nadie se sincera en público, nadie sonríe en soledad.