29/7/10

Demasiada Realidad

Y qué sería del mundo, sin el sentimiento de soledad y tristeza, sin los pesares que armonizan tan felizmente con la cotidiana vuelta a casa, con la cabeza baja por costumbre, como escondida tras intangibles logros, adormecida ante una sociedad de muchedumbre, que asemeja plantearse tan exageradamente distante. Quién querría deshacerse de algo así, ¿verdad? De ilusiones se alimenta el hombre, de los hechos se ruboriza y en la pena se hunde, mas nadie negará que la razón ante la cual se transita de un estado a otro, rara vez se repite, y en cualquier momento, sin consentimiento pero no ausente de arrepentimiento, podría producirse. Pero no concluyamos antes de lo previsto, pues dicho así fácil pareciera, mas si no fuera tal vez por el vergonzoso miedo irracional a perder el flujo de un río ya de por sí moribundo, o por el parecer como una llamativa gota de aceite en la impoluta uniformidad de un calmado y homogéneo vaso de agua, lo sería, y seguramente no estarían estas palabras aquí escritas. Y qué suerte sería, pues ya dejaría de reírme de mí, por ser tan incapaz de comprender algo que aparenta ser tan básico en el día a día. No mas llantos ahogados ni descorazonadas miradas perdidas amenazarían el imaginativo devenir de habituales reuniones en la medianoche de una difunta jornada. Encontraríamos de esta forma una solución, la supresión de lo que al ser humano califica como tal, el mundo olvidaría tanto la duda como la incertidumbre, los gustos y las emociones, y una vez hecho esto no seríamos sino reducidos de nuevo al animal del que nacimos, el que todavía en algunos sigue vivo, pero no enfocado en lo que nos concierne. Y es que, cuando la libertad se condiciona por los sentidos que gobiernan el juicio, el sentimiento se derrumba y es prescindible. La soledad se presenta harto inseparable. De esta forma manifiesto mi descontento, sin predicar con el ejemplo, tan atrapado en el rebaño como aquellos a los que me refiero, ayudando a mantener el cauce estancado, y escapando de vez en cuando, con un cierto éxito bastante limitado, que me permite disponer de escasos e intensos recuerdos de interminable añoranza que mantienen, aun en la más horrible tormenta, la llama encendida al final de todas las cosas.