Perdí un sol, obcecado en intentar alcanzar la luna, y tan cegado en mi empeño me hallaba, que cuando quise abrir los ojos ya nunca volví a ver la luz. Desde entonces, acrecentándose a cada momento, lo extraordinario acaba por convertirse en algo tan ameno que el tiempo antoja ser tan eterno, como sumamente fugaz. Y aún en las mas afortunadas noches, el brillo de las estrellas me resulta monótono, insustancial e irrelevante. Incapaz de distinguir el más mínimo sentimiento o esperanza recorriendo mi piel, que no aspira a excentricidades ni a grandeza. Bastaría una mirada, un gesto, una mano, una sonrisa, una palabra, un momento, una oportunidad... y cada vez más probable, un milagro. Uno que hiciera a la autoestima confiar, que impulsara a improvisar y mantuviera firme ese propósito. Un instante, por fugaz que fuese, que me levantara y me dejase ir.
16/9/10
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