28/12/09
Bis
Metáforas ahogan las duras penas en una densa prosa que me esfuerzo por escribir, mas no por ello dejan de existir o se hacen más llevaderas. Tan solo se transmiten, desde la idea hasta aquí, y de nuevo vuelven a mí, así me recuerdan el por qué el destino me mantiene obligado a no poder salir de este texto que se repite una, y otra, y otra, y otra vez. No es que no haya cosas que contar, días, tardes o noches que hacen disfrutar. Es que nada queda en el fondo, en aquel lugar donde la alegría duele y la soledad mata, donde se recuerdan las pequeñas cosas, donde las miradas hablan y el tiempo no se escapa… ahí no queda nada. Nada nuevo que contar, nadie entra ni nadie se atreve a mirar, igual es porque no quiero dejar pasar, no se repartir publicidad. Estados, así lo llamo, tanto eufórico como cansado, se entremezclan demasiado y no los puedo controlar, captan demasiado altas las señales y no las logro interpretar, en ocasiones muy evidentes aparentan ser, otras las busco y no se dejan ver, en un caso como en otro acaba siendo sospechosamente irreal. Yo lo llamo seguridad, y en verdad simplemente es todo lo contrario. Inseguridad que arrastra las letras a la inseparable monotonía que en resumen me acompaña, bendita ignorancia de cuando no sabía lo que se sentía y maldito el día que me rendí al hecho casi sin quererlo, para después quererlo con extrema necesidad. Si, tal vez he confundido el orden de bendita y maldito en la anterior oración… Pero por estúpido que resulte, parece que fue ayer cuando todo empezó, sigo cerrando los ojos como si fuera la primera vez que espero su encuentro, como si no hubiera perdido la ilusión. Y sí, a día de hoy, todavía no ha terminado esta alegórica persecución...
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