21/4/17

Killing Butterflies

Sigo encontrando entornada la puerta frente a la que llevo días parado, no parece que me la quieran cerrar, pero tampoco hay atisbo de invitarme a entrar. He llamado varias veces, siempre con una respuesta, pero continúo en el mismo lugar, de pie, a la espera de descubrir una nueva y acogedora realidad al otro lado, o por el contrario tener que volver al vacío de una multitudinaria realidad. Y cada cierto tiempo, revolotea una mariposa alrededor, provocando una sensación tan agradable como insufriblemente incómoda, que hace que seguir de pie se convierta en una ardua tarea. Intento no hacerle caso, mirar hacia otra parte, buscar una ventana a otro lugar, pero al girar la cabeza aquí estoy. Yo, la puerta, la mariposa, la aparente calma.

De vez en cuando escucho voces, veo sombras moverse tras la pequeña abertura, algunas reconocibles y otras difusas. La inactividad me hace temblar, intento no mirar, pero no encuentro nada más a lo que prestar atención. Me visita de nuevo la mariposa, pero ya no ha venido sola, cada vez son más. Intento espantarlas, que se alejen, o que por lo menos dejen de moverse. Y lo consigo, a ratos, hasta que vuelven a insistir, y los nervios crecen.

No sé cuánto tiempo más aguantaré en esta posición, con estas circunstancias. Me siento demasiado bien, con una comodidad cuasi insólita cada vez que se abre la puerta durante un tiempo, pero ese instante pasa fugaz, y entonces vuelvo a necesitar desahogarme de alguna manera para no sucumbir a la desesperanza. Y ya casi no encuentro belleza en mis compañeras voladoras, que se van volviendo hostiles. Desearía poder liberarlas de esta atadura pacíficamente, porque existe otra opción, pero es más difícil, cruel y sin vuelta atrás, tanto para ellas, como para mí.

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