Caen los pilares que durante tanto tiempo creí firmes e inquebrantables, y se antoja tan extraño permanecer en el lugar que más me pertenece. Me pierdo, preso de un infinito espacio carente de oxígeno, y mi cabeza no encuentra reposo, no hay alivio. Quedan fragmentos inconexos, y siento que nunca completaré este puzle al que le faltan piezas, y las que quedan no encajan en ninguna parte. Todo este silencio me desorienta, mi alrededor permanece constante, se desvanece el instante, y odio esta impotencia que se empeña en tumbarme sin fuerzas.
Descentrados recuerdos, omito señales que pretenden servir de estímulo, y acabo siendo preso de la costumbre de estar sin ser. Es entonces, cuando con el más inesperado y casual evento, empieza a brillar una luz que deslumbra cada vez más, a una velocidad a la que cuesta acostumbrarse a ella. Proyecta colores brillantes, imágenes que aún no cobran sentido, que no consigo apreciar con claridad. No soy consciente del cambio, pero un imprevisible pensamiento está creciendo dentro de mí.
Escucho una voz distante que rompe las cadenas que me retenían a un arraigado pasado. Cuesta dar el paso, pero la gravedad me hace girar en torno a una creciente idea subconsciente. Abro los ojos, y sorprende que el olvido comienza a ser más fácil con cada interacción, consiguiendo la abstracción del presente, dejando fluir este dolor cohibido.
Ahora se que existen razones por las que merece la pena volver a intentarlo, tan solo debo coger aire, recordar de nuevo cómo caminar hacia delante. Debo romper el muro que me separa de la incógnita de lo desconocido. Abandonar el miedo. Avanzar y reír. Descubrir y soñar.
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