Sería capaz de volar, si abriera las alas y escapara de esta jaula en la que me obligo a estar. Ya no es cuestión de querer, si no de necesitar. Poco a poco recapacito, pienso en lo que fue y no volveré a rescatar, en lo que es y no consigo avanzar, en lo que puede ser y no aseguro que llegue a materializar. Y no lo entiendo, cómo algo así ha conseguido despertar dentro de mí, surgir la llama de unas cenizas tan apagadas como arraigadas en un olvidado y profundo rincón de mi alma, una inconsciente fe por perseguir una meta, una idea que tal vez sólo exista en mi cabeza. Pero con cada imagen, cada palabra, cada gesto, cada momento en el que no existo dentro de una realidad que no me pertenece, siento que me apago, me falta el aire, asoman las lágrimas.
Me entristezco, cuando imagino tantos momentos que no vivo, cuando aspiro a una realidad tan distante, tan de cuento. Soy un iluso, un desgraciado intento por pretender convertirme en hombre sin dejar de ser un niño, creando mundos alternativos donde sólo hay rutina, jugando a ser un héroe que ni tan siquiera es capaz de salvarse a sí mismo. Un sencillo ignorante, reflexivo comediante, que disfruta cualquier insignificante instante, por el simple hecho de ocurrir. Guardo dentro de mí todo lo que no he podido demostrar, y soporto la carga que supone el que no haya nadie que se moleste en mirar. Y por tantos años la soledad ha sido mi compañera, mi comodidad, el refugio a donde huir cuando buscaba estar en paz... Sin embargo hoy parece que ya no la aguanto más, la siento irreconocible, extraña, incómoda y asfixiante. Me valdría encontrarme con alguien, que me escuche lamentarme, y me pueda aconsejar. Pues no sé a dónde pretendo llegar, pero sí sé cómo no quiero estar.
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