He vuelto a visitar escenas de un yo pasado. He encontrado recuerdos inolvidables, lamentos constantes y un tiempo que pasaba incesante, junto a consejos tan acertados que aún son válidos a día de hoy. Y he vuelto con una sonrisa en el rostro, por los momentos buenos y por los otros, haciéndome ver que al final cualquier hecho o acontecimiento tiene una insignificante y relativa importancia con el paso de los años. También he aprendido algo, y es que aunque la adversidad y las circunstancias nos superen, la indiferencia por todo es la soledad más cruel, puedo dar fe de ello.
El pasado me ha ayudado a cambiar la visión del presente, y plantear un futuro con la misma esperanza que solía hacerlo antes. Pues las dudas son traicioneras, nos pueden hacer perder nuevos desafíos por el temor a fracasar en el intento. Un miedo que implícitamente otorga importancia a la meta y a su vez castiga duramente mientras se espera. Y ahora siento que de verdad me debo una oportunidad, una tras otra, hasta que el cuerpo diga basta o la mente entre en erupción, tan sólo quiero liberar al corazón. Utópicos sueños rozando la línea entra la razón y la ilusión. Pero, ¿cuánta realidad albergan las emociones?, ¿cuánta ficción los pensamientos?. Poseo un sentimiento demasiado fuerte, una voluntad inquebrantable, y obtengo unos resultados frágiles. Insinuación comprometida, intención y reacción constantes, situación inamovible. Me aferro a un deseo, mas espero no volver a caer en el error de desperdiciar las distintas bifurcaciones del camino, ya perdí un sol obsesionado con alcanzar la luna, en una noche llena de estrellas. Que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda. Al final la vida son dos días, y no puedo esperar eternamente al amanecer del primero.
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